Tepoztlán amaneció desbordado. A media mañana la fila de autos sobre la carretera ya medía kilómetros y el primer cuadro avanzaba a vuelta de rueda. El puente de Día de Muertos trajo a miles de visitantes y, con ellos, el colapso que cada año se repite y cada año se improvisa.

El fenómeno no es nuevo. La escala, sí. Tepoztlán puede recibir a unos cuantos miles de personas con comodidad; este fin de semana recibió una cifra que multiplica esa capacidad. Ninguna autoridad municipal ha explicado cómo piensa administrarla. No hay cupo declarado ni operativo anunciado. Tampoco una hora en la que se cierre el acceso al centro.

No hay dónde dejar el auto

Los estacionamientos del centro se agotaron temprano. Después, los vehículos se acomodaron donde cupieron: sobre la banqueta, en el acotamiento de la carretera, en terrenos de particulares que cobran sin recibo y sin tarifa a la vista. Quien llega tarde camina kilómetros de subida antes de ver la primera ofrenda y reza para que el auto siga donde lo dejó.

Tampoco hay dónde comer

Fondas y restaurantes del primer cuadro trabajan al límite. Mesas ocupadas desde antes de abrir, listas de espera que se cuentan en horas, una oferta que se agota al mediodía. El visitante que no reservó termina comiendo de pie, en la banqueta, lo que alcance a comprar en el mercado.

El Tepozteco, de lejos

La caminata al cerro, el mercado de artesanías y los callejones empedrados del centro son la razón por la que la gente viene. Este fin de semana, a esos callejones no se podía entrar. Mientras más gente llega, menos se puede disfrutar: el paseo se vuelve fila, la foto una espera, el callejón un embudo. Quien vino por la fiesta termina administrando el cansancio de los niños y calculando cuánto falta para poder salir.

El dinero sí llega. Las cocinas venden todo, los estacionamientos improvisados cobran el día completo y las artesanías salen del aparador. Pero el visitante que se va con la impresión de haber pagado por una mala experiencia no vuelve, y de eso vive Tepoztlán.

El puente terminó; el problema no. Nadie ha dicho cuántos autos caben, dónde deben estacionarse, cuántos comensales puede atender la cocina local ni a partir de qué número de visitantes se cierra el acceso. Sin esas respuestas, el próximo fin de semana largo repetirá la escena: Tepoztlán lleno y, aun así, imposible de disfrutar.

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